viernes, 26 de septiembre de 2014

"LA INFERNAL TUMBA QUE MI ODIO CONSTRUYÓ", un crudo relato de terror con su moraleja...

       Los relámpagos brillan a través del cristal de los grandes ventanales que llenan el corredor y, por un momento, mis ojos se llenan de luz azulada, como si los cielos de repente abrieran sus puertas para acogerme en toda su gloria. Mas el resplandor acaba siendo un destello efímero que la noche apaga al instante con su serena oscuridad. Hace mucho que sólo veo la noche a través de esas viejas ventanas. Hace mucho que la noche cayó sobre mi corazón y se hizo con mi alma.

     En otro tiempo los niños jugaban alegres y despreocupados por este gran pasillo. Parece que aún puedo verlos echando carreras como locos, entre gritos y chillidos se empujaban los unos contra los otros, luchando por ser el primero en llegar hasta la puerta del fondo, como si les fueran a dar un trofeo de oro y piedras preciosas por eso. ¡Estúpidos necios!, me producen repulsión. Sin embargo, todo eso forma parte del recuerdo que impregna la atmósfera opresiva de este lugar, y ya sólo las arañas y los ratones corren ahora por el polvoriento suelo. El silencio que reina aquí es enloquecedor, hasta los truenos pierden todo su poder cuando intentan invadir su impenetrable dominio. Casi desearía volver a escuchar alguna de esas estridentes voces, aunque sólo fuera por un momento. Casi.

     Otro relámpago llega desde la lejanía. No puedo soportar quedarme aquí por más tiempo, mirando a un exterior que no puedo volver a pisar, de modo que me dirijo hacia el final del pasillo y atravieso la puerta. Al otro lado me recibe de nuevo el silencio, inseparable compañero que no se cansa nunca de atormentarme. Ahora me encuentro en la torre situada justo en la parte sur del castillo y tengo diversas opciones para continuar mi recorrido, pero sé hacia donde debo dirigirme, siempre lo sé.

     Me dispongo a bajar unas escaleras y entonces siento una presencia a mis espaldas. Me vuelvo y, de repente, una sombra se escabulle volando lejos de mí. Algún pájaro que había entrado por una ventana, no cabe duda. Sin cambiar la expresión de mi rostro me doy la vuelta de nuevo y comienzo a bajar las escaleras. La atemorizante presencia me sigue de cerca por supuesto. Desearía poder darle esquinazo pero nunca lo conseguiré.

     El castillo es en verdad gigantesco y la escalera parece interminable conforme se desciende por ella. La humedad cubre la piedra de las paredes y los peldaños se encuentran bastante desgastados. La oscuridad es asfixiante pero estoy acostumbrado a ella y conozco el camino de memoria. No obstante, sé que debo encender las antorchas para dar luz y vida al castillo, a mis amos siempre les ha gustado así, de modo que me dedico a tal empeño durante mi descenso. No es una tarea difícil a pesar de que las antorchas están casi consumidas, y además ya hace tiempo que no necesito ni tocarlas. Me gusta ver las sombras que la luz proyecta sobre las paredes, se mueven rápidamente con rumbos muy aleatorios y me imagino que son los espíritus de antiguos soldados y caballeros que murieron en estas mismas escaleras hace largo tiempo, pues este lugar ha conocido muchas batallas y sangrientos asedios.

     Tras un largo rato llego por fin al final de la escalera y, atravesando un par de habitaciones vacías, entro en la gran galería donde se encuentra la mayor colección de cuadros y retratos de familia. Ahora todo está viejo, roto y cubierto por las telarañas. No les gustará verlo así desde luego, por lo tanto me entretengo en dar lumbre a las grandes lámparas. Bañada ahora por la luz, la galería sí que puede mostrar todo su gran esplendor y olvidar su triste aspecto. Suntuosos tapices y magníficas armaduras la adornan de arriba a abajo. Los cuadros son verdaderas obras de arte, con marcos trabajados en plata recubierta de diamantes y esmeraldas. En ellos se puede contemplar a los dueños del castillo y gobernantes de una gran extensión de terreno que se extiende hasta el mar. Su riqueza es inmensa; se dice que todo el oro que poseen apenas bastaría para llenar el castillo entero. Lo heredaron de sus padres y estos a su vez de los suyos. Yo sudo cada día para ganarme una comida sencilla y mantener una casucha ridícula a la sombra del castillo. No es justo, los odio profundamente.

     Oigo pasos y voces a lo lejos. Ya están llegando los invitados de mis señores, así que debo apresurarme para llegar a la cocina. Atravieso la galería y me muevo con rapidez a través una serie de tortuosos pasillos por los que evitaré encontrarme con nadie. Al pasar por un pequeño balcón aprovecho para dar un vistazo al gran vestíbulo. Ya están prácticamente todos. Van vestidos con elegantes ropajes y las mujeres lucen espléndidas alhajas. Sus risas y chistes son como veneno para mis oídos, y los gritos de sus mocosos me sacan de mis casillas. Les doy la espalda y abandono el balcón.

     Un pasadizo que nadie conoce salvo yo me conduce hasta una pequeña habitación oculta. He tardado muchísimo tiempo y me ha costado un gran esfuerzo, pero al final he logrado cavar un túnel que conecta esa habitación con la despensa de la cocina. Podré acceder a ella sin que los guardias que la custodian puedan verme ni oírme. Tras recoger una gran botella que hay sobre una mesa me adentro en el túnel como alma que lleva el diablo.

     Ya queda poco y siento cada vez más miedo. Estoy muy cerca de mi objetivo pero el terror y la angustia me atenazan por dentro, y no pocas veces pienso en darme la vuelta y olvidar todo este macabro asunto. Pero la presencia invisible que me acompaña no deja de empujarme hacia delante cada vez que vacilo durante mi camino. De una forma u otra llegaré hasta el final. Es terrible saber que, hagas lo que hagas, ya estás condenado.

     La botella casi se me cae al suelo cuando vierto su contenido sobre la comida y la bebida que hay en la despensa. Mis manos tiemblan y mis nervios son como un caldero hirviendo. Estoy sudando y no dejo de pensar en lo que estoy haciendo y en lo que va a pasar. Intento convencerme de que no lo merecen, que voy a condenar mi alma a las penas más terribles del infierno, pero no puedo parar aunque quiera, el ente oscuro no deja de amenazarme con torturas aún más terribles si no acabo mi trabajo.

     Desde mi escondite, oculto en un sombrío rincón, observo cómo se llevan la comida. A mi lado, el ente no deja de emitir sonidos que son como risas pero que a mí me parecen el ruido de cristales que se rompen contra el suelo. Estoy temblando cada vez más, estoy realmente aterrado. Casi se me para el corazón cuando el ente me coge del brazo y me obliga a ir hasta la entrada del comedor. Todos están sentados en varias mesas enormes hechas de roble. Hablan, ríen y cantan mientras se atiborran con la suculenta comida y se emborrachan con el fuerte vino. Los niños corren de aquí para allá como siempre perseguidos por los pobres sirvientes que intentan llevarlos a sus asientos. Los odio a todos, y cada vez que siento ese profundo odio, noto cómo el ente se vuelve más poderoso. De pronto un niño cae al suelo, y tras el otro, y luego otro y otro. Se llevan las manos a la garganta y sus rostros empiezan a ponerse verdes y morados. El comedor se convierte en un caos infernal mientras los adultos se levantan de sus asientos presas del pánico y corren buscando a sus hijos. Pero también empiezan a notar cómo sus gargantas se cierran y una locura irracional se va apoderando de ellos. Comienzan a golpear todo lo que encuentran a su paso, luchando por buscar algo que les ayude a respirar.

     No he tocado la comida, así que una profunda desesperación se apodera de mí cuando noto que, inexplicablemente, yo tampoco puedo respirar. Mi vista empieza a nublarse y sacudo la cabeza de un lado a otro buscando una aire que no llega. Para mi horror descubro que el ente ya no está a mi lado pero sigue conmigo, dentro, muy dentro de mí, en lo más profundo de mi mente grita y ríe de una forma que es imposible de describir. Sus alaridos y los de los desgraciados que se están muriendo delante de mí inundan todo mi cuerpo y todo mi ser. En mi delirio veo cómo los hombres, las mujeres y los niños empiezan a sufrir una terrible transformación. Sus ojos y sus dientes estallan, su piel queda medio derretida y su pelo se vuelve gris y quebradizo. Entonces se alzan todos en el aire y me miran. Ya no distingo sus gritos de los terribles ecos que resuenan por mi interior. He caído en el pozo más tenebroso del infierno y me estoy ahogando en sus aguas de fuego. Siguen mirándome y siguen gritando, pero ahora parece más bien que ríen. Entonces se lanzan a por mí y huyó con un terror que nadie ha conocido ni conocerá nunca.

    Los oigo a mis espaldas, están cada vez más cerca. Esas bocas desdentadas y esas manos descompuestas están a punto de apresarme. No tengo otra salida. Una ventana está muy cerca y, con mi último aliento, corro hacia ella. Por un momento paso por delante de un espejo y no veo ningún ser humano reflejado en él, sólo un monstruo asqueroso y putrefacto.

       La caída es corta pero parece que dura una eternidad. Ya no recuerdo la primera vez que me arrojé por aquella ventana, se ha perdido para siempre en mi memoria, cuando aún fluía la sangre por mi cuerpo. No debería haber hecho lo que hice, no paro de arrepentirme cada vez que caigo hacia la oscuridad desde esa ventana. Podría haber vivido una vida feliz aunque hubiera sido un simple criado al servicio de otros más afortunados. Pero ya no tiene importancia. Mi cuerpo se estrella contra las rocas y todo acaba. La próxima noche despertaré otra vez en el corredor de la torre sur y volveré a vagar por la infernal tumba que mi odio construyó. El sol va a salir dentro de poco y muchos hombres y mujeres serán bendecidos con su cálida luz, pero yo no la podré sentir nunca jamás. No puedo evitar odiarlos.

Autor: Tulkas Hammer Pain   

     Gótico Castillo viejo foto pantalla y  imágenes

jueves, 18 de septiembre de 2014

"LOS DOCE TRABAJOS DE HÉRCULES", las sobrehumanas hazañas del mítico semidiós


Autor:Antonio Pollaiuolo
Fuente: Wikipedia

Hércules (o Heracles que significa "Gloria de Hera"), hijo de Zeus y de Alcmena, es probablemente el héroe más formidable de la antigua Grecia y uno de los personajes más célebres de la historia.
Su fuerza divina, su impetuoso coraje y su agudo ingenio fueron puestos a prueba numerosas veces, pero sobre todo en sus conocidos doce trabajos

Ocurrió que, en un ataque de locura provocado por Hera, Hércules acabó con la vida de su mujer, la princesa Megara, con sus tres hijos y con dos de sus sobrinos. Al recobrar su estado normal y darse cuenta de lo que había hecho se sintió profundamente afectado y arrepentido, de modo que partió hacia tierras lejanas para vivir en soledad. Pero su hermano Ificles logró dar con él y le convenció de que visitase al Oráculo de Delfos para que le explicará como expiar sus crímenes. El oráculo le indicó que debía ponerse bajo las órdenes de Euristeo, el hombre a quien Hércules más odiaba por haberle arrebatado su derecho al trono.

Así pues Hércules marchó a Tirinto y se presentó ante Euristeo para contarle su historia. El rey usurpador también odiaba a Hércules y temía que, con su inhumana fuerza y su vigor, pudiera derrocarle en el futuro. Por ello decidió encomendarle doce trabajos de los cuales parecía imposible que ningún ser pudiera salir con vida.


EL LEÓN DE NEMEA


En la zona de Nemea existía un enorme león que aterrorizaba a sus habitantes. Su piel era tan gruesa que no había arma capaz de penetrarla. Hércules intentó abatirlo usando su arco y sus flechas, un garrote hecho de un olivo y una espada de bronce, pero fue inútil ya que todas se quebraron. Entonces el héroe decidió arrinconar al animal taponando las entradas del lugar donde vivía y se enfrentó a él en un terrible combate cuerpo a cuerpo durante el cual consiguió estrangularlo con sus fuertes brazos.
No obstante, para poder desollarlo necesitó la ayuda de la diosa Atenea, la cual le informó que debía utilizar para tal empeño las propias garras del la bestia. Gracias a ello, Hércules cubrió su cuerpo con la piel del león a modo de armadura utilizando la cabeza como un yelmo.
Hércules llevó los restos del león a Micenas para que los viera el rey Euristeo, pero este se asustó tanto al verlo que le prohibió presentarse de nuevo ante él y le ordenó que mostrase las pruebas de sus futuras victorias desde fuera de la ciudad.


LA HIDRA DE LERNA

La ciénaga de Lerna estaba habitada por un monstruoso ser que tenía multitud de cabezas (se ha llegado a decir que decenas) con forma de serpiente. Su simple aliento era mortalmente venenoso, por lo que la primera precaución de Hércules fue cubrirse con una tela protectora. En esta ocasión le acompañaba su sobrino Yolao, quien resultaría decisivo para lograr vencer al policéfalo ser.
Hércules disparó flechas en llamas para obligar a la hidra a salir de su acuático escondite. Cuando por fin salió, Hércules cargó contra ella espada en mano y comenzó a cortarle una cabeza tras otra. Mas por cada cabeza que cortaba otras dos volvían a crecer en el cuerpo de la hidra. Entonces Yolao tuvo la ingeniosa idea de quemar los muñones que dejaban las cabezas al separarse de la hidra y así lograron evitar su regeneración. Al final el monstruo perdió todas sus cabezas hasta la última, la cual tuvieron que enterrar bajo tierra  ya que era inmortal.
Se dice incluso que Hera mandaba cangrejos para que molestasen a los dos compañeros en el combate, pero estos conseguían matarlos a todos sin problemas.
Tras la lucha, Hércules aprovechó para mojar las puntas de sus flechas con la sangre derramada de la Hidra para que así fueran mucho más mortíferas.


LA CIERVA DE CERINEA

La Cierva de Cerinea era un fabuloso animal consagrado a la diosa Artemisa. Tenía pezuñas de bronce y astas de oro y era tan veloz que la propia Artemisa se había visto incapaz de capturarla para engancharla a su carro. 
Hércules se dio cuenta enseguida de que sus flechas no podían alcanzar al animal y, de todas formas, tampoco quería derramar su sangre pues podría causar la ira de Artemisa.
Por ello le costó mucho capturarla, un año entero estuvo persiguiéndola por todo el monte Cerineo hasta que logró atraparla mientras abrevaba en una charca. Para ello se sirvió de una flecha que hizo pasar entre el tendón y el hueso de dos de sus patas. Con ello evitó que se derramara una sola gota de sangre de la cierva.


EL JABALÍ DE ERIMANTO

Tras dar muerte a varios centauros utilizando sus flechas envenenadas, Hércules llegó a Arcadia y al monte Erimanto, en el cual vivía un jabalí gigantesco que se alimentaba de hombres y causaba el terror en la región.
Cuando al final lo encontró, el animal echó a correr y Hércules tuvo que perseguirlo durante horas y horas hasta que lo arrinconó en un desfiladero lleno de nieve. Entonces, sin temor alguno a los fuertes colmillos que podían arrancar un árbol de cuajo, saltó sobre el lomo del jabalí y lo apresó con un cadena.
Cargándolo sobre sus hombros, consiguió llevarlo vivo a Micenas.





LOS ESTABLOS DE AUGÍAS

El éxito de Hércules abatiendo y capturando a poderosos seres mitológicos hizo que Euristeo decidiera encargarle un trabajo cuyo único objetivo fuera ridiculizarle y humillarle.
Entonces le ordenó dirigirse a Élide para limpiar los establos del rey Augías, los cuales llevaban más de treinta años sin ser limpiados, por lo que la suciedad y los malos olores eran insoportables.
Augías prometió a Hércules una parte de su ganado si lograba realizar la tarea en un sólo día. Parecía que esto era imposible pero el rey había subestimado la astucia de Hércules, el cual abrió un canal para desviar el cauce de los ríos Peneo y Alfeo y, aprovechando la fuerza del agua, consiguió que toda la suciedad fuera arrastrada.
Entonces Augías montó en cólera ante la hazaña de Hércules y se negó a darle la recompensa prometida, alegando que el agua había hecho su trabajo. No obstante, al final los jueces dieron la razón al héroe gracias al testimonio de Fileo, hijo del rey, el cual fue desterrado en castigo.


LOS PÁJAROS DEL ESTÍNFALO

Los pájaros del lago Estínfalo eran unas temibles aves con alas y garras de bronce que causaban la desolación por toda la zona cercana al lago. Se alimentaban de carne humana y sus venenosos excrementos arruinaban bosques y cosechas enteras.
Hércules intentaba abatir a todos los pájaros con sus flechas pero, por más que caían, parecía que su número no era mermado en absoluto. Al ver que su fuerza y su ingenio no eran capaces de socorrerlo, decidió pedir ayuda a la diosa Atenea, la cual le entregó un pequeño cascabel y le dijo que lo hiciera sonar en lo alto de una colina cercana al lago. Así lo hizo Hércules y el extraño ruido del cascabel provocó un terrible espanto en los pájaros y les obligó a emprender el vuelo para nunca volver. El Mar Negro quedó cubierto por muchos de sus cuerpos mientras Hércules los abatía durante su huida.


EL TORO DE CRETA

Euristeo mandó a Hércules lejos del Peloponeso para su próximo trabajo, hasta la Isla de Creta. Era el hogar de un pavoroso toro que echaba fuego por el hocico y que tenía en jaque a toda la población de la isla.
Cuando Hércules arribó a sus costas se presentó ante Minos, rey de la isla, quien le indicó donde podía encontrar al animal.
Tras una dura lucha, Hércules consiguió subirse al lomo del toro y lo condujo a través del mar hasta Euristeo. Este quiso ofrecerlo a Hera pero la diosa lo rechazó debido a su ferocidad. Por ello, Euristeo dejó libre al toro, el cual hallaría la muerte posteriormente a manos de Teseo.


LAS YEGUAS DE DIOMEDES

El octavo trabajo de Hércules consistió en capturar a las salvajes yeguas de Diomedes, las cuales estaban siempre encadenadas y eran alimentadas con la carne de los engañados huéspedes de su amo.
Ayudado por un grupo de amigos y voluntarios, Hércules logró hacerse con las yeguas, por lo que el furioso Diomedes decidió salir a su encuentro junto a su ejército. Pero sólo consiguió servir de alimento a sus propias yeguas cuando Hércules acabó con su vida utilizando sus propias manos.
Las yeguas, libres de su cruel y depravado amo, se amansaron notablemente y pudieron ser llevadas ante Euristeo. Finalmente fueron regaladas a la diosa Hera.
Se dice que Bucéfalo, el caballo de Alejandro Magno, descendía de estas yeguas.


EL CINTURÓN DE HIPÓLITA

Hipólita era la reina de las legendarias amazonas, mujeres guerreras que eran conocidas por su fuerza, ferocidad y valor en el combate. Poseía un cinturón mágico que fue regalado a su madre por Ares, dios de la guerra. Ese cinturón era el trofeo que Hércules debía conseguir para completar su siguiente trabajo.
Para ello viajó hasta el Mar Negro y, tal vez porque Hipólita se enamoró de él, consiguió que le cediera su cinturón (también se dice que Hércules exigió el cinturón como rescate por una de las hermanas de Hipólita, a la que habría secuestrado).
Sin embargo, la diosa Hera hizo propagar el falso rumor de que Hércules quería secuestrar a la reina amazona, por lo que se produjo una cruenta batalla entre el ejército de las amazonas y el ejército de Hércules y su compañero Teseo (quien podría haber secuestrado a Antíope, hermana de Hipólita). Finalmente, Hipólita encontró la muerte a manos de Hércules.


EL GIGANTE GERIÓN

Las misiones que Euristeo encargaba al gran héroe tebano iban creciendo en dificultad. El décimo trabajo consistía en robar los toros rojos del gigante Gerión, que moraba en una isla situada en los confines del mundo.
Solamente el viaje hasta allí ya supuso una gran prueba para Hércules, que tuvo que soportar un calor atroz atravesando el desierto libio. Ello hizo que se encolerizara profundamente y comenzara a lanzar flechas al sol. Para calmar su ira, el dios Helios le regaló la copa dorada que utilizaba para viajar por los cielos y, gracias a ella, Hércules consiguió llegar hasta su destino.
Mas no le fue fácil completar su trabajo. Primero tuvo que acabar con los dos pastores de Gerión, cuyos nombres eran  Euritión y Orto (un perro de dos cabezas y cola de serpiente). Después tuvo una dura batalla contra el propio Gerión que duró mucho tiempo, hasta que finalmente lo abatió con una certera flecha. Tras esto, condujo el ganado de Gerión hasta Euristeo, no sin antes enfrentarse a diversas calamidades que Hera le mandó durante su regreso.


EL JARDÍN DE LAS HESPÉRIDES

Más allá de donde nacía el sol, existía un jardín dedicado a Hera en el cual crecían árboles cuyas doradas manzanas proporcionaban el don de la eterna juventud. Eran unos manzanos sagrados que Gea había ofrecido a Hera como regalo de su boda con Zeus.
Para proteger tan preciado milagro, Hera encomendó la custodia del jardín a tres ninfas del atardecer, Las Hespérides, y a un dragón de cien cabezas llamado Ladón. Además de estos temibles guardianes, el lugar donde se hallaba el jardín era casi imposible de descubrir. El undécimo trabajo que Hércules debía llevar a cabo era robar las manzanas doradas de la inmortalidad, ni más ni menos.
Para completar esta hazaña primero tenía que llegar hasta el oculto jardín y sólo descubrió su ubicación gracias a Nereo, el conocedor de secretos, a quien tuvo incluso que encadenar y amenazar para que le revelase la información. Después de llegar al jardín, se dio cuenta de que su fuerza no sería suficiente para hacerse con las manzanas, por lo que nuevamente su ingenio se puso a funcionar y fue a buscar a Atlas, que se encargaba de sostener los cielos y el cual podía conseguirle las manzanas ya que se decía que era padre de Las Hespérides.
Para convencerle de que robara las manzanas se ofreció a ocupar su lugar aguantando el peso del cielo y, una vez que Atlas regreso con las manzanas, le engañó diciéndole que sujetase el cielo un momento para poder ajustarse un momento la capa. Cuando Atlas volvió a ocupar su lugar, Hércules tomó las manzanas y huyó raudo y veloz.


CERBERO

Hércules se hallaba por fin ante el último de sus doce trabajos pero, como bien podía esperarse, este iba a resultar el más difícil si cabía de todos ellos. Pues para completarlo debía adentrarse en las mismas profundidades del Inframundo y capturar a Cerbero, el demoníaco perro guardián de tres cabezas que vigilaba la puerta del Hades. Y debía conseguir tal proeza sin blandir arma alguna.
El hecho de tener que entrar en el infierno supuso un viaje a Eleusis, el único lugar donde podían enseñarle los secretos para caminar por el Hades y poder salir de allí con vida. El siguiente paso era localizar el umbral que era la entrada hacia su destino, para lo cual tuvo que ser ayudado por Atenea y Hermes, los cuales le guiaron e intercedieron por él ante Caronte, el barquero que cruzaba las almas desde el mundo de los vivos hasta el de los muertos a través del río Aqueronte.
Durante su estancia en el infierno, Hércules encontró a su amigo Teseo, el cual había sido encadenado por el dios Hades cuando había viajado hasta allí en busca de Perséfone. Tras conseguir liberarlo gracias a su descomunal fuerza, Hércules halló por fin al Can Cerbero y, ya sea porque le capturó tras vencerlo en combate o bien porque se ganó su confianza, logró sacarlo del infierno.
Euristeo se sintió profundamente aterrorizado al ver que Hércules había completado sus doce trabajos imposibles de realizar y decidió liberarlo de su carga, con lo cual los crímenes del héroe quedaron expiados.


Fuentes:
http://es.wikipedia.org
http://redhistoria.com